Correr es para cobardes

correr es para cobardes

Hacía un día de perros. Después de varias semanas de buen tiempo, parecía que el verano tocaba definitivamente a su fin. Junto a la lluvia había hecho acto de presencia un fuerte viento que hacía que los árboles se doblaran y agitaran, desperezándose del calor pasado y del frío que estaba por llegar. A Roberto no le importaba el frío, ni el viento, ni cualquier otra inclemencia meterorológica. Estaba decidido a mejorar sus marcas en la Behobia y entrenaba todos los días incondicionalmente. Vio a otros corredores que se quejaban del agua, que se encorvaban al enfrentarse al viento, que se sacudían las gotas de lluvia de los ojos… A Roberto la camiseta se le pegaba al cuerpo pero no le importaba. Pensó en la mil veces escuchada frase de “correr es para cobardes” que pronunciaban aquellos que nunca habían tenido la fortuna de entender lo que supone entrenar casi a diario para enfrentarse contra uno mismo y que ignoraban el frío o el calor, la lluvia o el viento.

En la calle podría hacer el tiempo que fuera, que a él, calentito mirando por la ventana del gimnasio mientras corría en la cinta, le encantaba ver llover.

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